Las tres derrotas del almirante Nelson a manos de los españoles

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Mensaje por Artenauta el Sáb Jun 14, 2014 11:09 am

Cuando este hombre nació, nadie podía presagiar que estuviera predestinado para algo tan especial como llegar a enfrentarse al probablemente imperio más grande, que no longevo, de la historia.

Inglaterra tenía enfrente una potencia militar que llevaba trescientos años capeando temporales en el Atlántico y en el Pacífico, a veces con dificultades extraordinarias, y hasta ese momento, no había nacido en las islas alguien que pudiera desequilibrar la balanza en el pulso mantenido durante los tres últimos siglos; sin embargo, al parecer, el momento había llegado.

España tenía muchos frentes y largas líneas de abastecimiento, pues no hay que olvidar que entre las innumerables conquistas por aquí y por allá, nuestras adquisiciones y descubrimientos nos habían convertido en un imperio transatlántico. Pero como siempre ocurre en todas las fiestas, aparecen invitados no gratos.

Corría el último decenio del siglo XVIII, y ya estaba claro que detrás de las diferentes concepciones religiosas había un disolvente que escamoteaba otra verdad no menos consistente o banal, según se quiera ver; un trasfondo de intereses que habían pasado del terreno de lo ideológico al de un combate abierto por los recursos mundiales. Mas mientras ese momento llegaba lentamente, todavía debían transcurrir algunos años más.

El Almirante Nelson, por Lemuel Francis Abbot (1800).El Almirante Nelson, por Lemuel Francis Abbot (1800).
Centrar la idea de que este marino inglés tuviera capacidades sobrenaturales es como subestimar a nuestros mejores marinos, que los había de largo tan buenos e incluso algunos de ellos mejores que los mejores suyos, como el caso del ilustre Blas de Lezo, Legazpi o Churruca sin ir más lejos. Pero a veces el destino no juega en casa. Nelson era sin duda un almirante capaz y competente y antes de caer mortalmente herido, en una de las batallas más cruentas de la historia naval, nos dio mucha guerra.

Las muchas batallas del almirante inglés

El primer susto que este ilustre marino ingles se llevó le pudo haber costado la vida y su precoz y bien merecida fama de no ser porque, en contra de su habitual comportamiento, se dio a la fuga discretamente. Sus razones tenía y no se le puede tildar de cobarde pues sobradas pruebas de valor tuvo a lo largo de su carrera. También se puede decir, sin lugar a dudas, que era un caballero a la vieja usanza y de ello dio fe a lo largo de sus singladuras por los mares. Es cierto que se han dimensionado sus aciertos pero ello no le resta su merecida entrada en la historia por la puerta grande. El balance de sus derrotas, que también las hubo, ha sido discretamente aparcado con evidente parcialidad por parte inglesa, para convertir al mito en intocable.

Un gélido día de diciembre del año 1796, una mañana brumosa, navegaba hacia Gibraltar con la mar rizada y en compañía de otras dos fragatas, la Minerve y la Blanche, intentando evitar a toda costa un enfrentamiento con la marina española, pues su misión última no era otra que la de llegar a Inglaterra a la mayor brevedad, para rendir cuentas sobre su campaña contra los franceses, pero hete aquí que otras dos veloces fragatas peninsulares, la Sabina y la Matilde, que iban de vuelta a Cartagena, se toparon de bruces con esta formación fantasma que buscaba el anonimato, al amparo de la niebla. Los cañones de las embarcaciones inglesas tenían un calibre ligeramente superior a las españolas pero lo que les daba una notable superioridad, eran las carronadas, cañon-obus, que las hacían especialmente mortíferas en las distancias cortas y en los momentos previos al abordaje. El combate fue de antología.

Se da la paradoja de que la Sabina estaba capitaneada por Jacobo Stuart, vástago de una saga que hundía sus raíces de tres generaciones en España y que a su vez, estaba emparentado con la familia real de Inglaterra al ser su bisabuelo, el rey Jaime I, de origen escoces. Tras largas horas de combate, la Sabina perdería el palo de mesana de un certero disparo y su capacidad de maniobra quedó reducida a mínimos. Una hora después de este trágico impacto, con todo el trapo agujereado y tras tres requisitorias de rendición, finalmente, arrió la bandera. La sorpresa de Nelson fue mayúscula al descubrir que su oponente español era de origen británico. La rendición se efectuó conforme a las maneras de los marinos de la época, con cortesía y formalidad sobradas. El capitán español y los tripulantes heridos fueron llevados al instante a la enfermería del Minerve para su rápido tratamiento.

Para entonces, la Matilde le había dado esquinazo a la Blanche y esta acudía en socorro de la Sabina que ya estaba siendo remolcada por Nelson. Viendo el almirante inglés las intenciones de la nave española, cortó los cables de remolque que impedían la maniobra. Alertados por la refriega, varios navíos de guerra españoles habían salido desde la base de Cartagena hacia el lugar del combate. Varias fragatas y el poderoso Príncipe de Asturias con 112 cañones navegaban, a todo trapo, hacia el lugar de los hechos. Finalmente la cordura se impuso y Nelson daría por perdido el enfrentamiento al comprender lo que se le avecinaba.

Todo sucedió muy rápido. Los ingleses dieron la popa a las naves españolas y desaparecieron veloces, tan veloces que se olvidarían de su propia tripulación de fortuna, a la que habían dejado a cargo de la Sabina, esto es, a cuarenta de sus marinos, que meses más tarde serian canjeados en Gibraltar por el capitán español apresado, Jacobo Stuart. Por esta vez, Nelson se había zafado de un destino un poco deshonroso.

Pero este destacado marino no cejaría en su empeño de dar un escarmiento a los españoles. El problema es que casi siempre mordió piedra.

La batalla de las Canarias

Una vieja aspiración de los ingleses era la de poner un pie en las Islas Canarias para usarlas como plataforma para posteriores incursiones en el continente africano. El 25 de julio de 1797 lo intentarían por tercera vez, nuevamente con un estrepitoso y memorable fracaso. Ya antes, los almirantes Robert Blake en 1656 y John Jennings en 1706 se habían dado de bruces en sus respectivas apuestas.

Al intento de invasión de Tenerife respondió con maestría el experimentado y veterano militar retirado, el general Don Antonio Gutiérrez de Otero y Santayana, que apoyado en un cuerpo de competentes oficiales y con lo que es más importante, la colaboración entregada de los voluntariosos ciudadanos y campesinos, aplicarían un severo correctivo a la temeridad inglesa.

La inseguridad era patente desde hacía meses, pues los anglos andaban merodeando por las inmediaciones. Tuvo la fortuna el vigía de la pedanía de Anaga de atisbar en el horizonte la nutrida flota adversaria y dar la alarma a tiempo. En la madrugada del 2 de julio y después de luchar contra una mar calma y corrientes adversas no conseguirían acercarse lo suficiente como para desembarcar.

Tras varios intentos fallidos, Nelson en persona dirigiría el desembarco. Al oscurecer el día 24, una tormenta de fuego se abatiría sobre los ingleses cuando sus embarcaciones se aproximaban en medio del más nítido silencio. La noche a veces cobija sorpresas.

Dada la alarma desde tierra, se desató un infierno inenarrable. Cerca de un centenar de cañones comenzaron a vomitar certificados de defunción. La población entera; mujeres, labriegos, milicianos, un destacamento francés que se había refugiado en el puerto, y la integra oficialidad que había en la isla, cayeron cual plaga bíblica sobre aquellos despistados. Algunos ingleses conseguirían escapar de la playa para refugiarse en el Convento de Santo Domingo. Lo más granado de los asaltantes se atrincheraron tras sus muros, quedando así incomunicados y con unas perspectivas de futuro más que negras. Nelson perdería su brazo derecho y una buena parte de su reputación.

Con la moral minada, con más de quinientas bajas o, lo que es lo mismo, la cuarta parte del contingente que presumiblemente debería de haber tomado la isla; la sed, el sueño y el hambre acuciando como perros de presa; finalmente los sitiados ingleses se rendirían al general Antonio Gutiérrez.

Firmada el acta de rendición en el castillo de San Cristobal y tras un caballeroso intercambio epistolar con lo que quedaba de Nelson, decidió este con buen criterio y atinada valoración que se comprometía a no volver a pisar las islas Canarias por los restos, cosa que este hombre mantuvo con el probado valor de su palabra mientras duró su existencia, que fue poco.

Poco, porque volvería a tentar la suerte y a esta cuando se la provoca, acude.

La rueda de la fortuna giró por última vez

Años más tarde, allá por 1801, les quiso dar un susto a los franceses en la ciudad portuaria de Boulogne, pero lo que no sabía nuestro buen almirante, es que por aquellos pagos andaba un capitán de fragata español llamado Antonio Miralles. Hay que recordar que por aquella época compartíamos mantel y follones con nuestros vecinos del norte. Por lo tanto, la asistencia técnica de este capitán en la defensa del puerto en cuestión obedecía a su talento destructor y a su pericia en las más refinadas artimañas. Habia sido solicitado por Napoleón en persona por sus probadas habilidades con la "goma de borrar".


Nuestro oficial en Boulogne causó estragos en la flota inglesa a base de esgrimir sus peculiares "fuerzas sutiles" o el equivalente a los comandos navales. Estas fuerzas no eran otras que pequeños bergantines con obuses de gran porte y lanchas cañoneras artilladas potentemente. Los estragos que este ingenioso oficial causó al inglés han sido obviados por los historiadores insulares, que pasan de puntillas sobre este episodio y los otros antes mencionados.

Finalmente harto de aquella fallida operación, Nelson levaría anclas y volvería a Plymouth a relajarse un poco después de tanto ajetreo. Antonio Miralles sería ascendido de capitán de fragata a capitán de navío.

Quiso el caprichoso destino que cuatro años después, este ilustre almirante inglés, en la que sería su más sonada victoria, encontrara la muerte acogedora frente a las costas de uno de los últimos paraísos de España, Cádiz, un buen punto de partida para viajar a la eternidad.
Trafalgar cambiaria una época de esplendor luchado y sostenido por un tiempo oscuro y sin ventilación. bit.ly 1pWHCnX




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