Los políticos sobran y deben ser suprimidos si queremos salvar el mundo

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Los políticos sobran y deben ser suprimidos si queremos salvar el mundo

Mensaje por Josuhe el Dom Jul 08, 2018 10:57 am

Uno de los mayores errores de nuestro tiempo es creer que los políticos y sus partidos son necesarios. Es incomprensible y triste que muchos ciudadanos sigan pensando que los políticos son imprescindibles y que caigan tan bajo que hasta votan en las urnas a sus verdugos. La realidad es que somos víctimas de un terrible engaño al creer que los partidos políticos son una parte esencial de la democracia, cuando son no sólo prescindibles, sino verdaderamente nocivos y los culpables de que nuestro mundo esté en manos de la corrupción, el abuso de poder y la injusticia.

La existencia de los políticos y de sus partidos es reciente en la Historia, desde hace poco más de dos siglos. Antes estaban prohibidos porque los filósofos, juristas y pensadores los veían con recelo y presentían con razón, que traerían la división y una lucha por el poder que pervertiría el sistema. La Historia les dio la razón porque, como el nombre de "Partido" indica, fueron "parte" y no "todo", partieron la sociedad, la dividieron en bandas, acabaron con la unidad de los ciudadanos en torno al Estado común y trajeron consigo vicios terribles, sobre todo los del egoísmo, la corrupción y la codicia.

Los revolucionarios franceses los odiaban y los prohibieron. La peor ofensa que podía decirse a un político en la Asamblaea Nacional era que formaba parte de un "partido". A algunos, haberlos fomantado para tener más poder le costó la Guillotina. Todos los grandes revolucionarios, desde Robespierre a Dantón y Marat, rechazaron los partidos como obra del diablo y como el peor peligro para la revolución.

En la revolución norteamericana que creó la primera democracia del mundo, los partidos también fueron condenados y considerados un verdadero peligro para la democracia. Ningún padre de la patria apostó por esas formaciones y todos ellos expresaron sus temores y recelos ante los temibles partidos políticos y los políticos profesionales encuadrados en esas formaciones.

Hoy, sobre todo después del gran triunfo del partido bolchevique en Rusia, donde derrotó al régimen zarista, los partidos se han incrustado en el Estado, se han apropiado de la política y han adquirido un poder inmenso que lo domina todo, capaz incluso de haber pervertido la democracia y haber expulsado a los ciudadanos de la política, que ellos ejercen en régimen de monopolio.

Copio y pego con algunos retoques de estilo un comentario publicado en Voto en Blanco, cargado de acierto de Francisco Lopez Roma, digno de ser leído porque ataca con fuerza y convicción una de las grandes mentiras propagadas por el sistema político mundial, el de que los políticos son imprescindibles. Nada más lejos de la verdad porque los políticos estorban y degradan todo lo que tocan. Son la gran estafa y el mayor problema del mundo.

"Los políticos son el gran problema. Los políticos sobran. Y no sólo en España, sino en todos sitios y en todos los ámbitos de la vida. Es fácil demostrar que los políticos sobran, que sin políticos cualquier organización triunfa y sigue adelante y no necesita de nadie que diga a los demás lo que hay que hacer. El político, como persona, arruina y somete y construye un presente insatisfactorio para crear él un sistema a su medida, en el que él es necesario con sus normas absurdas. Eso ocurre en cualquier ámbito de la vida. En cualquier simple comunidad de vecinos, está el político, que primero protesta porque no le gusta la situación, luego convence a los demás para que le sigan, creando una opción determinada y dividiendo al grupo, y posteriormente se erige en guardián de la norma que él mismo ha creado, hecha su medida y beneficiosa para él. Y si eso pasa en cualquier pequeña organización, que no será en todo un país. El político, como persona, es nefasto para los demás y sólo provechoso para él y sus secuaces. Si hoy criticamos a Sánchez es porque es político. Creemos que los criticamos por sus actos, pero lo hacemos porque son políticos y comparten los mismos métodos. Da igual lo que hagan o dejen de hacer. Sánchez y Rajoy, Zapatero, Azanar, González, todos son parecidos, casi idénticos. Llegan a poder y, en el mejor de los casos todo sigue igual".

Me convenció de esta tesis el general Omar Torrijos, hombre fuerte y dictador blando de Panamá, en una conversación que mantuve con él en 1979, en su residencia de El Farallón. Era uno de los hombres más lúcidos e intuitivos que he conocido y me dijo que "Los gobernantes empeoran las cosas para después arreglarlas. Cuando no hay problemas, ellos los crean para poder apuntarse el éxito de haberlos solucionado. El principal defecto de los políticos es que dividen la sociedad y la pervierten con todas sus actuaciones".

Me puso un ejemplo concreto que afectaba al coronel Noriega, quien después de la muerte (o asesinato) de Torrijos ocuparía el poder en Panamá. Decía Torrijos que la delincuencia había quedado prácticamente erradicada de Panamá, que era por entonces un país muy seguro y pacífico, "pero Noriega, que como sabes está al frente de la policía, está pagando a los delincuentes para que actúen y está promoviendo la delincuencia para pedirme más dinero y efectivos policiales y así acumular más poder".

Ese es el método que resume la actividad de los partidos y de los políticos en el mundo actual. Su actividad lo complica todo y cuando están fuera de todo control democrático, como ocurre en las tiranías y en algunas democracias degradadas, como España, generan problemas para después atribuirse su solución, agrandan el Estado, utilizan la corrupción para demolerlo todo, destruyen los valores, marginan al ciudadano, monopolizan el poder, compran voluntades, someten a los medios de comunicación, politizan la Justicia, destruyen la separación de poderes, trucan los procesos electorales, instauran la mentira como política de Estado, disparan el gasto y meten las manos en el dinero público, financiando todo ese montaje con impuestos abusivos que cobran sin piedad a unos ciudadanos que ya están desarmados y sin las defensas que les proporcionaba la democracia en sus orígenes.

Aunque suene duro, la única manera de acabar con el caos, la corrupción y las muchas injusticias y desequilibrios del presente pasa por prescindir de los políticos y acercarnos al modelo que existía antes de la irrupción de los partidos, adaptándolo a nuestros tiempos. Antes de que la democracia fuera pervertida por los partidos, en las naciones existían dos grupos que ejercían el poder: el gobierno y los funcionarios. Así fue desde el principio de los tiempos. Unos y otros servían al Estado y al pueblo y funcionaban en armonía. Cuando llegaron los políticos, ellos dejaron de servir al Estado y al pueblo para servir a sus propios partidos, lo que inició esa locura destructiva y abtidemocrática que nos ha conducido hasta el mundo del presente, donde un puñado de mediocres unen fuerzas y gobiernan una nación entera, no bajo la tutela del bien común y del interés general, sino bajo el imperio del propio partido o bando. Todo un desastre.

Francisco Rubiales

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