«En 1921, los rifeños abrían a los soldados españoles en canal y les quemaban vivos»

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«En 1921, los rifeños abrían a los soldados españoles en canal y les quemaban vivos»

Mensaje por Abraham el Miér Nov 09, 2016 2:35 pm

Con motivo del 95 aniversario del Desastre de Annul entrevistamos a Luis Miguel Francisco, autor de «Morir en África. La epopeya de los soldados españoles en el Desastre de Annual»

«El general […] continúa en el campo, tomando acertadas disposiciones. El espíritu de las tropas, levantadísimo, como siempre». Así definió el diario «El Telegrama del Rif» los movimientos de soldados que el oficial al mando de las operaciones en Marruecos, Manuel Fernández Silvestre, ordenó el 21 de julio de 1921. Unas maniobras que habían tenido como objetivo final socorrer, partiendo desde el campamento de Annual, a una posición española que se había quedado aislada en territorio marroquí y se enfrentaba a miles de enemigos.

Sin embargo, ni este diario, ni el mismísimo oficial, sabían que al día siguiente aquellos hombres iban a morir después de que se sucediese uno de los episodios más trágicos de la Historia de nuestro país: el Desastre de Annual. La catástrofe más recordada de la Guerra de Marruecos debido a que se llevó la vida de unos 13.000 soldados españoles.

Para saber más: Los 16 héroes de la Legión que defendieron el «Blocao de la muerte» contra cientos de rifeños

Hacia el desastre

Entender este suceso obliga a retrotraerse en el tiempo hasta los comienzos del verano de 1921. Para entonces, las tropas españolas presentes en la zona de Melilla vivían uno momentos dulces debido a que habían logrado extender sus dominios en territorio rifeño sumamente rápido de la mano del general Manuel Fernández Silvestre.

Con todo, la realidad es que la situación era un mero espejismo, pues la expansión se había hecho sin crear líneas de suministros de víveres eficientes ni edificar posiciones defensivas adecuadas para resistir al enemigo. Únicamente se habían construido -de forma salpicada en la región- pequeños fuertes llamados «blocaos». Unas fortalezas edificadas a base de sacos terreros a las que era casi imposible enviar refuerzos o agua si eran sitiadas por las kabilas (o tribus) enemigas.

La dificultad de enviar suministros a estas posiciones, y de defenderlas ante los rifeños, no impidió que el Ejército español continuase con su expansión. Así fue como, el 7 de julio, el comandante Julio Benítez conquistó -por órdenes de Silvestre- la posición de Igueriben, una de la más avanzadas hasta el momento en el frente de Melilla. Eso debió colmar la paciencia del líder rifeño Abd El-Krim quien, el 15 de julio, atacó el convoy encargado de suministrar agua a esta zona y, posteriormente, cercó a los hombres de Benítez con un ejército infinitamente superior (un contingente que acabaría siendo de entre 8.000 y 10.000 marroquíes).

Fue entonces cuando empezó la sangría de soldados españoles. «Los oficiales de Igueriben mueren, pero no se rinde», afirmó Benítez en una carta a sus superiores. Desesperado por ver como fallecen día a día soldados en aquel lugar remoto, Silvestre formó al grueso de su ejército y salió «con todo» (como él mismo dijo) de Melilla para salvarles.

En Annual

Para su desgracia, no se consiguió auxiliar a Benítez, cuya defensa fue resquebrajada entre el 21 y el 22 de julio. Sin embargo, para entonces Silvestre tenía sus propios problemas. Y es que, su ejército se encontraba acantonado en unas condiciones precarias en el campamento de Annual (uno de los más cercanos a Igueriben). Posición que, en ese momento, se hallaba ya rodeada de miles de enemigos.

«Las confidencias de la Policía Indígena señalaban que había entre 8.000 y 10.000 enemigos, demostrando estar espléndidamente armados y municionados. Asimismo, entre los españoles la posición es penosa, y no solo por lo que se refiere a la moral o al número de hombres, que se estimaban en 4.000, sino porque “de la batería ligera solo funcionaba una o dos piezas”», explica Luis Miguel Francisco (divulgador histórico, autor de siete ensayos históricos y experto en la Guerra de Marruecos española) en su obra «Morir en África. La epopeya de los soldados españoles en el Desastre de Annual» (editado por Crítica y elaborado principalmente en base a los testimonios escritos de aquellos que combatieron en Annual).

El 22 de julio, bien entrada la mañana, Silvestre se reunió con sus oficiales para preguntarles su opinión sobre lo que debía hacer el ejército. Muchos, como el coronel Manella, sentenciaron que lo mejor era quedarse allí hasta el último hombre para, al menos, satisfacer el «heroísmo hasta el infinito» muriendo por España. Pero el general no estuvo por la labor y (según Francisco) decidió evitar un mal mayor ordenando la retirada del contingente hacia una posición más defendible.

También se dio la orden de abandonar todo el equipaje para partir con más premura y más ligeros. Así lo señala uno de los combatientes presentes, el alférez Maroto, en unas declaraciones recogidas en el libro de Francisco: «Nuestros equipajes, toda la impedimenta, quedarán abandonados, los víveres, los enseres para la confección de las comidas, lo mismo. Solo hemos de llevar las cajas de municiones que buenamente se pueda, pues hay bastante ganado inutilizado».

Todo parecía claro. Sin embargo, el caos cundió en el campamento de Annual. No era para menos, pues las órdenes se dieron de forma confusa. Algunos soldados fueron informados de que debían quedarse o, incluso, formar para atacar al enemigo. A otros, por el contrario, sí se les dio la notificación de que debían retirarse para evitar ser pasados a cuchillo por el enemigo. Al final, la mayoría se enteraron de formas sumamente absurdas. Algunas como la siguiente frase: «Furriel, que se abandona el campamento».

En ese momento comenzó el desastre, pues miles y miles de combatientes salieron a la carrera de la zona en dirección a Melilla para salvar su vida. Cundió la desesperación. Los militares llegaron incluso a luchar contra sus propios compañeros para tener un sitio en los vehículos que viajaban hacia la urbe. Fue una masacre, pues los rifeños terminaron entrando en el campamento y asesinado a todos los españoles que encotnraron a su paso. El resultado, al final de aquel desastre, fue de más de 13.000 españoles muertos.

Sigue con la entrevista.
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¿Qué fue de la guerra del Rif?

Mensaje por Infornauta el Mar Mayo 09, 2017 12:50 pm

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La gesta de Cavalcanti, el héroe español que humilló a 1.500 rifeños con 65 jinetes y evitó una masacre

Mensaje por ¿Sabías Que? el Jue Ago 02, 2018 6:18 pm

El 20 de septiembre de 1909, el teniente coronel arriesgó su vida para salvar la de los soldados de los batallones de Tarifa y de Cataluña en Marruecos

Con la mente en su amada España y el empuje en sus sables de toda la Península. De esta guisa cargaron, el 20 de septiembre de 1909, los 65 jinetes del Regimiento de Cazadores de Caballería Alfonso XII. Estos hombres atacaron aquella triste jornada una formación de más de 1.500 marroquíes en las afueras de Taxdirt (cerca de Melilla) con el objetivo de evitar que sus compañeros fueran masacrados por los rifeños. Y lo hicieron a las órdenes de José de Cavalcanti y Alburquerque, quien sabía que bajo las herraduras de sus jamelgos estaba la salvación de varios batallones que habían quedado aislados en el campo de batalla de aquellas tierras melillenses. El resultado de la llamada «carga de Taxdirt» fue una ingente cantidad de bajas, pero también la gloria y la inmortalidad.

El origen de esta batalla hay que buscarlo en la formación del protectorado español en Marruecos. El que fuera un regalo envenenado a nuestro país fue un caramelo que la comunidad internacional ofreció a España como premio de consolación ante la creciente expansión colonial de otras potencias por el norte de África. Como explicaba la investigadora María Rosa de Madariaga a ABC en «Luis Noval, el sacrificio del militar que murió heroicamente por sus compañeros», España consiguió la cesión de este territorio (una «franja del Marruecos septentrional que iba desde la frontera con Argelia al Océano Atlántico», según la autora) gracias a las diferencias que por entonces existían entre Inglaterra y Francia.

«La rivalidad colonial entre estas potencias europeas a lo largo del SXIX terminaría cuando ambas comprendieron que en vez de pelearse sería más provechoso un reparto de zonas de influencia, particularmente en África. Así, en virtud del acuerdo franco-británico de abril de 1904, Francia dejaba a Inglaterra las manos libres en Egipto, a cambio de que ésta se las dejara libres en Marruecos», añadía la experta. El problema (siempre hay uno cuando hablamos de política internacional) radicaba en que a los británicos no les gustaba ni un pelo del pelucón que los galos se establecieran al otro lado del Estrecho de Gibraltar, pues lo consideraban una ventaja que, llegado el momento, les sería insalvable.

Por ello, los «british» empezaron a darle a la mollera y llegaron a la conclusión de que meterían por medio a la «Spain». Así pues, hicieron prevalecer los derechos históricos del país en el norte de Marruecos para que les cedieran el territorio. Y los nuestros, que poco más podían hacer que sonreír ante el mísero y peligroso presente (pues en aquella región había más revoluciones que en la Francia de 1789) se limitaron a aceptar de buen grado lo que se les ofrecía. «Menos que da una piedra», que debieron cavilar los de la bandera rojiualda.

Hostilidades


Años después se materializó que aquel territorio no iba a dar precisamente alegrías a los españoles. Esta suposición quedó clara el 9 de julio de 1909 cuando los operarios que construían una línea de ferrocarril entre la cabila de Beni Bu Ifrur y Melilla fueron atacados por un grupo de rifeños. El contingente, según se dijo después, estaba en contra de que los extranjeros unieran estas dos regiones, pues suponían que la finalidad de ello era extraer las materias primas que había en la región y trasladarlas hasta la Península. Lo cierto es que no andaban desencaminados. El asalto se sucedió a las siete de la mañana, mientras 13 obreros cimentaban un puente a seis kilómetros de Melilla.

El resultado fue catastrófico (4 muertos y 3 heridos) y fue recogido en el periódico ABC el día 10: «Las noticias de Melilla que llegaron anoche a Madrid produjeron, y producirán hoy en España, honda impresión». No le faltaba razón al diario, que narró así lo sucedido: «Bruscamente sonó una descarga cerrada y tres obreros españoles cayeron al suelo. Los demás suspendieron el trabajo, alzaron la cabeza, y como a 100 metros de distancia vieron un grupo de 400 moros y 30 jinetes. […] Los moros hicieron fuego sobre ellos. Uno de ellos, español también, cayó muerto de un balazo en la espalda».


Poco más necesitó España para responder. Instantáneamente se envió una fuerza de castigo contra los enemigos y se declaró el inicio de las hostilidades contra las cabilas. Estos hechos se consideran a día de hoy el comienzo de la «Campaña de Melilla de 1909» y provocó que se empezara a movilizar un considerable continente desde la Península. Acababa de comenzar una guerra que provocaría que miles de soldados hispanos regresasen en una caja a su hogar.

Y así quedó demostrado tras las cruentas matanzas de españoles perpetradas por los marroquíes. Algunas como los sucesos acaecidos en el Barranco del Lobo (donde más de un centenar de combatientes se dejaron el alma y seis veces más hombres quedaron severamente heridos).

Hacia el desastre


Entre el odio hacia los marroquíes, y el ansia de conquista, fueron llegando miles y miles de militares hispanos a Marruecos. Así fue como, allá por septiembre de ese mismo año (apenas tres meses después) el ejército logró reunir en Melilla nada menos que 44.000 hombres. Para entonces, y a pesar de las grandes derrotas acaecidas, desde el gobierno se seguía creyendo que sería mera cuestión de tiempo que la victoria se consiguiese. De hecho, Antonio Maura (presidente del Consejo de Ministros) solicitó a los militares que no fueran demasiado bárbaros cuando, irremediablemente, tomaran las diferentes cabilas.

Fuera como fuese, en septiembre el ejército se decidió a llevar a cabo un plan que llevaba pergeñándose desde hacía tiempo: la construcción de un faro que guiara a los barcos en el cabo de Tres Forcas (al norte de Melilla).

El general José Marina (mandamás de las fuerzas de la región) no se anduvo con chiquitas. Si iban a atacar, lo mejor era hacerlo a lo grande y tomar por las armas toda la región. Y es que, según consideró, así podría tener a la población controlada y evitar molestas revueltas. «Eso permitiría por un lado pacificar la comarca y, además, aislar el Gurugú por la cabila de Beni Sicar», explica Antonio Antienza Peñarrocha en su tesis «Africanistas y junteros: el ejército español en África y el oficial José Enrique Varela Iglesias».

El plan de acción


El plan de acción que se estableció fue sencillo. Se formarían dos columnas que deberían tomar el territorio (ubicado al norte de Melilla). La primera de ellas recorrería la región de sur a norte a través de una zona ocupada por tribus pacíficas. La segunda, por su parte, atravesaría la zona de este a oeste. Lo haría con el objetivo de llegar hacia Taxdirt (al oeste de Melilla). Esta última sería la misión más sangrienta, pues había que cruzar zonas tomadas por enemigos. Se avecinaban tiempos difíciles.

1-Primera columna (4.020 soldados; ochenta caballos y ocho cañones)

Estaba al mando del general Alfau. Sus tropas eran las siguientes:

-Batallón de Barbastro.

-Batallón de Figueras.

-Batallón de Amposta.

-Batallón de Las Navas.

-Escuadrón del Lusitania (caballería).

-Dos baterías de Montaña (artillería).

-Compañía de Zapadores.

-Compañía de Telégrafos.

-Ambulancia.

-Tren de combate e impedimenta.

En palabras de Peñarrocha, «los dos escuadrones de caballería de la División, del Alfonso XII y del Lusitania, iban al mando del ayudante del general Tovar, el teniente coronel José de Cavalcanti y Alburquerque». Este decidió integrarse en la Segunda columna, por ser esta en la que se encontraba Tovar.

2-Segunda columna (3.479 soldados, 80 caballos y 8 cañones).

Estaba contaba como mandos principales al general Morales y al también general Tovar. Sus tropas eran las siguientes:

A-Vanguardia.

-Sección de jinetes del Regimiento de Cazadores de Caballería Alfonso XII.

-Batallón de Cataluña.

-Primera Batería de Montaña (artillería).

-Compañía de Zapadores.

3-Segunda División Expedicionaria (a las órdenes del general Sotomayor).

Un apoyo a las dos columnas. Su objetivo era ubicarse al sur del río Oro y permanecer en alerta por si se les necesitaba.

4-Primera División Expedicionaria

Un apoyo a las dos columnas. Formada por la Tercera Brigada de Cazadores y los Húsares de la Princesa. Sus órdenes eran ubicarse en un zoco cercano (el de Arbaa) y dirigirse hacia Zeluán (en dirección contraria a la zona en la que se sucedería la misión principal). De esta forma, se pretendía que los rifeños les siguieran (y, de esta forma, reducir el número de defensores de la zona principal).
Comienza el desastre

La Segunda columna, en la que iba nuestro héroe Cavalcanti, partió del fuerte Reina Regente hacia el sur el 20 de septiembre y, tras dos horas de marcha, llegó a Dar el Hach (a 5 kilómetros de Melilla), Una vez allí, dirigió sus pasos hacia Taxdirt, su objetivo final. Para desgracia de los militares que la formaban, los rifeños decidieron no dividirse y se movilizaron también hacia Taxdirt, olvidándose de la Primer columna.

A las ocho de la mañana comenzaron los disparos cuando la sección de jinetes que se ubicaba en vanguardia recibió fuego por parte de un grupo de rifeños situados en las inmediaciones de Taxdirt. Los españoles contestaron avanzando hacia las defensas en las que, según creían, estaría el enemigo... pero al llegar no encontraron a nadie. La razón era sencilla: los marroquíes se habían retirado a la carrera hasta un pequeño monte cercano (el de Tamsuyt), más fácil de defender.

Desde allí, desataron el infierno haciendo un nutrido fuego sobre los españoles. Como respuesta, la columna se puso en alerta y se dispuso a presentar batalla al enemigo, formado por unos 1.500 combatientes. La Primera Batería bombardeó la zona para apoyar a los jinetes enfrascados en el ataque y, cuando el último proyectil cayó, uno de los batallones del contingente (el de Cataluña, junto con la compañía de zapadores) cargó a bayoneta contra los enemigos. Ellos serían la vanguardia de la ofensiva.
B-Cuerpo central.

-Batallón de Tarifa.

-Batallón de Chiclana.

-Segunda Batería de Montaña (artillería).

-Compañía de Telégrafos.

-Ambulancia.

-Tren de combate e impedimenta.

C-Retaguardia.

-Batallón de Talavera.

-Sección de jinetes del Regimiento de Cazadores de Caballería Alfonso XII.
Cavalcanti (a la derecha)

La batalla fue cruenta, pero los españoles lograron conquistar la posición a sangre y fuego. A continuación, se dio órdenes a la Primera Batería de que avanzara para consolidar la zona conquistada. Como apoyo a esta (y mientras el Cataluña seguía avanzando) se mandó también al batallón de Tarifa.

Este se dividió en tres grupos o compañías. La primera se ubicó a la derecha de la artillería y comenzó a devolver el fuego al enemigo con la rodilla en tierra para garantizar la precisión de sus disparos. La segunda se posicionó en el flanco izquierdo de los cañones y, para terminar, la tercera avanzó para desalojar a la bayoneta a un molesto grupo de marroquíes que soltaba plomo desde el flanco izquierdo.

A ellos les fue bien. Todo lo contrario que al Cataluña y a los zapadores, ubicados en primerísima línea. «Mientras, el batallón de Cataluña estaba sufriendo el fuego y la presión de los harqueños, empeñados en retomar las alturas», añade el experto en su dossier. El tiroteo al que se vieron sometidas estas dos unidades era más que intenso. Ambas no pararon de disparar ni un minuto para defenderse de los, aproximadamente, 1.500 enemigos que les cercaban. Las siguientes cuatro horas se desarrollaron entre sangre y una gran cantidad de bajas.

El fatídico relevo

La gran cantidad de bajas provocó que, poco después del medio día, se ordenara a las dos unidades presentes en el montículo (el batallón de Cataluña y la compañía de zapadores) retirarse y ser relevadas por el batallón Tarifa, que estaba ubicado a sus espaldas y defendía todavía a la Primera Batería. «Tres compañías del Talavera, hasta ahora en reserva, serían las encargadas de ocupar las posiciones anteriormente tomadas por el Tarifa», completa el autor.

La teoría era impecable, pero fue pobremente llevada a la práctica. Y es que, cuando los rifeños observaron que se estaba produciendo el relevo, se lanzaron contra los españoles aprovechando el desconcierto. Más concretamente, se arrojaron como si la vida les dependiera de ello al hueco existente entre el Tarifa y el Cataluña para cortar el avance del primero, y la retirada del segundo.

El movimiento les salió a pedir de boca. En primer lugar, porque impidieron que el batallón Tarifa avanzase y completase el revelo. Este, quedó además expuesto a los disparos marroquíes. «El fuego rifeño se concentró sobre el Tarifa, estorbando su maniobra», señala el experto. Y, en segundo término, porque la suerte quiso que su ataque cortase también la retirada de la última compañía del Cataluña. Una unidad que ya carecía de municiones y estaba más que extenuada. Pintaban bastos.

En esta situación, el general ordenó a Cavalcanti y a sus hombres que apoyaran, en una carga desesperada, al Tarifa. El objetivo no era otro que lograr que los soldados completaran el relevo antes de que, tanto ellos como los hombres del Cataluña, fuesen destruidos. Había que ganar tiempo, y el encargado de ello serían los jinetes del Alfonso XII.

A la carga


La respuesta de Cavalcanti a la llamada de su general fue hacer aquello para lo que sus jinetes habían sido entrenados: combatir cuerpo a cuerpo. Así pues, tanto él como sus 65 valientes del Regimiento de Cazadores de Caballería Alfonso XII se lanzaron en una heroica carga contra el enemigo. En sus mentes, España y sus compañeros. En sus manos, los sables hambrientos de sangre. Aquel ataque debió llevar consigo todo el empuje de la Península, pues hizo cundir el pánico entre los harqueños, que empezaron a retroceder.

A pesar de ello, la batalla estaba lejos de haberse ganado. Tras el primer choque, Cavalcanti ordenó en dos ocasiones a sus jinetes retirarse hasta un cañaveral cercano con el objetivo de reagruparse y volver a atacar. La segunda carga la hizo con apenas 40 caballeros. La tercera, con una veintena. Después de esta heroicidad, los escasos hombres que todavía tenía a su cargo se retiraron de nuevo hasta el cañaveral, dejaron sus monturas a un lado, clavaron rodilla en tierra, y comenzaron una épica defensa contra el enemigo, ahora ávido de venganza.

«Al ver la apurada situación de los del Alfonso XII, el teniente coronel Moreira ordenó a sus hombres del Tarifa que apoyaran a los jinetes. El propio teniente coronel quedó gravemente herido, pero los harqueños se terminaron replegando», añade el experto. La batalla había llegado a su fin, pues se había conquistado el territorio. Y todos, gracias a la valerosa actuación de unos pocos jinetes españoles.

A las tres de la tarde, arribaron a la zona dos batallones más para asegurar la posición. Aunque eso no valió para mantener la loma. Al final, y ante la inminente caída de la noche, el ejército se retiró a Taxdirt y tuvo que ver como los rifeños tomaban de nuevo Tamsuyt. Una derrota en lo que se refiere a la pérdida del terreno, pero una victoria al fin y al cabo, pues se logró salvar a los últimos hombres del Cataluña y al Tarifa.

Al final de la contienda el teniente coronel contó 25 bajas. Una sangría para una unidad de menos de 70. Pero todos ellos fueron héroes, pues no solo lograron que sus compañeros pudiesen salvarse, sino que hicieron huir a aquel gigantesco contingente y sirvieron la victoria en bandeja a la infantería. Aquella actuación le valió a Cavalcanti (que acabó herido de gravedad) la preciada Cruz Laureada de San Fernando, además de un ascenso.

Cavalcanti


José de Cavalcanti y Alburquerque nació en 1871 en Cuba. Deseoso de servir a su país, ingresó en la Academia General Militar cuando contaba 17 años. La vida la destinó a la caballería, y allí fue donde logró ascender hasta teniente coronel. Su valía hizo que fuera enviado a África donde, en septiembre de 1909, dirigió dos escuadrones de jinetes encuadrados dentro de una brigada (la segunda) con órdenes de tomar varias posiciones rifeñas en Taxdirt (cerca de Melilla). El día 20, este militar y sus compañeros fueron atacados por un gigantesco contingente de rifeños en un día imposible de olvidar... abc
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Re: «En 1921, los rifeños abrían a los soldados españoles en canal y les quemaban vivos»

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